Friday, February 23, 2007

CARLOS LÓPEZ DZUR • BREVE ANTOLOGÍA POÉTICA



Carlos López Dzur

Carlos López Dzur es poeta y narrador, nacido en San Sebastián del Pepino. Estudió en la Universidad de Puerto Rico; más tarde, en San Diego State University, Montana State University y la Universidad de California, Irvine, donde hizo estudios doctorales en Filosofía Contemporánea. Surge como poeta con las promociones del decenio de 1970, con la motivación de revistas como Ventana, En Rojo (Claridad) y autores como Joaquín Torres Feliciano, Joserramón Meléndes, quien le incluyó en la Poesía Oi: Antología de la sospecha y editó su primer libro de cuentos, Sarnas de la ira parda (1980). A este libro han seguido los poemarios El hombre extendido (premiado por el Certamen Literario Chicano de la UCI, Irvine), La casa, y los inéditos Tantralia, Heideggerianas, Memorias de la contracultura, Estéticas mostrencas y vitales, Lope de Aguirre y los paraísos soñados, El libro de la guerra y otros. Casi todos sus libros se comparten gratuitamente por la red cibernética. Otros trabajos en ficción pertenecen a los géneros de cuentos y novela: Cuentos y leyendas histórico-eróticas, Berleley y yo, Diario de Simón Güeldres, Las juderías, etc. Tiene escrita y en preparación Trece monografías históricas sobre la Historia Pepiniana. Reside y enseña en California.



Frag. 6.

... Antes bien, el lenguaje es la casa del ser habitando
en la cual el hombre ex-siste:
Martin Heidegger

Sujeto nuestro que habitas el edil
y pastas el lenguaje,
dános la lana cotidiana,
ovejuna ternura, becerritos de adecuadas símiles
y vallados de estrofas perfectas
sobre la modesta gracia de los montes.
Separado sea el sujeto de áridos predicados.

Santificado sea el olor de las maravillas.
Singularizado sea el pudor del reino al pervivir
y con el rostro vírgen de las corderas
tengamos contentamiento.

Venga tu reino de hierba fresca.
Derrámese sobre el pasto la humedad y el rocío
bajo inéditas lunas que sean adjetivas a la vida.
Dános panes y estrellas sin menguante.

Líbranos del abismo durante las tentaciones;
pero no nos quites el soluto
ni la ironía ni el silencio
y, funda ocasión para que el verso armado ofenda
a los Don Nadie y los separe de nuestros hatos.

Quítanos los dones del Uno
y lárgalos al carajo
con sus caras largas y sabidurías.

Acompáñanos en la luz de la metáfora
y la tiniebla de la escribiduría
para enunciar como hijos del verbo protónico
aquello que nos salva del derrumbamiento
y llévanos al redil, por la casa de las palabras,
porque es la Morada donde reside el Ser.

De «Heideggerianas»



*

Homenaje a las tortas

1. Consolaciones

Bajo el ojo de Zeus,
¡échale crema a estos tacos!
hoy pobres, desgarbados...
famélicos, placeros.
Estamos en el centro de Anatolia,
en lúgubres estepas sin tortillas,
en praderas umbrías donde pan de nobles
no ha comido el hombre ni chiles verdes
los niños ni los ancianos.

A veces y todas las veces,
nos paseamos
y nos preguntamos,
fascinados por espejismos,
dónde está Tu ira hecha pan,
dónde se muerde tu dulzura,
que es trigo en el viento,
torta voladora, ubre celestial de sílfides,
sofaldadas a soslayo
por estos míseros podrigorios
del desierto y, a la caza de palabras,
nos acobardamos
con la poesía en los huesos;
pero sin pan en la sangre.

Ahora, dános en la boca
paliza de rostrillos,
tortillones de morronga,
si no tulangas,
al menos fritangas de vieja sartén.

Estamos sin otro consuelo que el coraje.
Vale la torta un pan
y torta y pan repartes
cuando se arma el verso y pide
justicia en las trincheras
de los más hambrientos.

Mira la valiente sed
y el hambre de los más canijos
porque algunos tienen manos hurtadoras,
boca maldecidora, con feroz verso
que espera hacerse torta.

2. Agradecimientos

Ya que las penas con pan son menos,
el doliente por la cruz
de cada horror y desventura,
pedirá lo concreto:
divinidad hecha avena,
Dios en la enchilada engrandecido,
Cristo en el plato cotidiano de frijoles,
el Padre en carne y hueso y su Cordero
guisado de la misma manera.

La iglesia del creyente,
donde haya anemia, famélicos
hijos de exilio, huérfanos en masa
sin herejes ni profetas en los montes,
que vaya al restaurant de Dios,
a la fonda del Supremo,
a los alambiques, donde se destila
vino fresco y leche de vírgenes
y pida su evangelio de mole
y tarros de mofongo
y que haya rezos antes de catar el atole
y ánimo de devorar patas de puerco.

Que el catecismo se diga
a los que no han recibido la promesa
de un platico de mojo y sus botanas
porque la última cena, sin buen desayuno,
son cantos de sirena y muina teologal,
pinche Cuaresma.

Quien no haya visto la Tierra de Leche
y Miel, pierda cuidado...
¡La fe es un río de leche hervida
y el salmo una mamila
para quien chupar es lo que quiere!

Dios es el paladar de los sedientos.
En los cantos del desierto,
los que andan de acá para allá,
vestidos de andrajos y descalzos,
a Dios que lo busquen en los puestos de carnitas.

¡Ellos los necesitan de la boca al estómago,
sin otras cátedras de sotanudos a sueldo,
moraloide civismo de los sábados
donde el reposo es falso porque es hambre
y la frailuna mojigatería, muy dominguera,
nada compadece y consolida
que no sean palabras
huecas y triviales,
discursos del montón, tirria!

¡Despierten los hambrientos,
que es hora de los sopes,
despierten ya
que los chorizos danzan en la lumbre
y aroma grato son al Padre de abundancia!
¡A Dios dan aleluya, más que las rodillas!

Griten, con fervor subversivo
y pasión de locos de remate,
por el Dios concreto que salva,
que redime, bendice y honra,
a su iglesia en el estómago lleno
y el corazón contento.

¡Que viva el festín del Templo Torta,
el tabernáculo del niño sin hambre,
el altar de la salud
entre aquellos que padecieron
por las culpas de cuantos han comido bien
en sus mansiones y les sobra
para el lujo y el capricho!

Que ya no sufren más quienes han sido
miserables sin culpa,
los inocentes del oprobio,
los olvidados del progreso,
porque Dios se hizo íntimo, personal, biológico
en sabrosa barbacoa de chivo y albóndigas
con queso parmesano.

Dios, si no es concreto,
¿para qué sirve?

En vano, se lo llamará el justo y el consolador,
en vano, se nombrarán sus formas de milagro.
Alégrate, multitud del hambre,
Dios te observa con cara de pescado frito.
Suéñalo en la birria y en blando guachinango.
Pruébalo en la taza de garbanzos
y en tu plato de calabacitas y congrí.

Los que anduvimos de acá para allá
(buscando la mezquita)
detuvimos el peregrinaje
porque el Santo hizo señal en la panocha.
Dulce fue a nuestros labios.
Se manifestó tan ricamente
que la oración se hizo profunda,
agradecida,
y hablamos en lenguas de bello cagar
y echando pedos de amor,
tripas en salmos de contentamiento.

¡Señor del maíz y las bananas,
hojuelita de miel de cada mañana,
bendito seas cuando te desayuno
y en la sublime tortilla con chilitos,
te dispensas y me dialogas
tan tiernamente que te quiero!

Tu espíritu se confirma en mis tripitas
porque soy tu creación,
tu poema, tu texto
en carne y hueso
y por eso, me honras
cuando el pudín me das de postre
o crema de huevo, o tulangas, o batidos
de papaya, o jugo de limón o de naranjas.

Dulces son tus mandamientos
cuando sabes a ajonjolí y pasta de guayaba.
Noblemente me enriqueces cuando no faltas
a quienes amo y a quienes odio,
porque yo sé que el hambre es injusticia
que tú no perdonas y que haces milagros
en el agua del bautismo para que no haya
secos cuerpos, con sedientas almas...
Amén.

Publicado en la Revista Argos, Núm. 16
(Octubre-Diciembre de 2000), México




*

Geschreibe

Zánjate, te pide la tierra
con la voz del Kalû.
Tiéndete tiesamente,
fonema del aviso
y penumbra vivaracha.

Contigo se acuesta
un enfermo esqueleto de palabras.
Se sepulta una calaca vocinglera.
Te fornica la osamenta elegíaca
y funeraria de los versos
quebrados contra el cieno.

Zánjate, ya que la vida
te pide que te pudras, bolero mañoso,
valija de signos pordioseros,
cartuchera de relámpagos sintácticos.

Llama a los cuervos, carroña.
Cúbrete de cal y campanarios
dentro de la fosa común de los prosudos
con tantas sílabas y abortos
y sin un hijo del Isod, lleno de vida.

No llames a ninguno entre los buitres.
Muérete sin esquelas ahí donde orea
un vaho de vertedero y una fonética
de hediente cementerio y mausoleo.

Acuéstate, inerte, cesado y vacío,
para que el Nabî venga
en medio del silencio
y te muestre el verdadero camposanto,
la puerta de los cielos en la Tierra.

Zánjate, basura del engaño,
palabreja coqueta y maquillada.
Y sacude tu agonía, dála a la capilla
de las ánimas inmundas
como polvo de seca vereda.

Muérete, rival,
homicida de la canciones
y fósil del Dasein iluminado.
Verás que lloverá la palabra perfecta
ultrasonante, misteriosa, pura,
en medio de tu Final Disolución.

7-17-1992





*

Santa Necesidad

... La necesidad y la casualidad
pueden convertirse la una en la otra:
F. Afanasiev


Santa Necesidad,
que estás en la pelazga pendenciosa,
te rezo porque tienes los huesos
aún prometedores y flexibles.
Te invoco y, con ojos pelones, te venero.

Eres pollancona bajo las enaguas.
Vas con la paz de dios
moviendo las petecas
porque no existe espíritu sin carne
y la materia no necesita
de tu veleidoso y caprichudo hágase,
menos de tus exageradotas de catrina.

Desde las causalidades de los fenómenos
te pido bendiciones.
Estaría sobre tus senos
con gusto pastorício, al menos
en la noche tras mi rezo.
Te diría... más acá hay posada
aunque juntos naufraguemos en la burla,
puestos los dos de patas en la inopia,
en el dolor y el desprecio...

Pero, ¡bendíceme en el acto revolucionario!
Abre tus piernas a la libertad.
Yo me acomodo y te cimbro.
Me entregaría yo a las purezas
que tengas reservadas o escondidas
por causa de ese miedo:
despertar con otros, generosa,
sudosa de amor, pelandusca.

En el ejercicio de la vida cotidiana
(donde con idealismo se confunde
a la putarraca de los sosos
y a la metafísica que nos burla por parejos),
¡oh, sin miedo a los ingratos!
te rezo y te visito
en la Cueva de los Olivos
donde estás penitente todavía.

¡Sí, como Pelagia en los montes!
¡Pero, no obstante, te venero
y te rezo!

2-7-1989





*

Me gusta cómo te mueves (1)

Me gusta cómo te mueves.
Excitas al tálamo.
Lo vuelves un chincual
sobre la superficie del colchón.
Y las hormigas rojas, pequeñas y malignas,
que son tu ahí se han engendraron,
multiplicándose.

¡Ahora son mías como escozores!

Un día que tu cola raspó el córtex
aparecieron con los besos y las noches.

Tu cola muerde y se retira, ponzoñosa.
De las esporas asexuadas
verificas el punto fijo.
Lo calas donde más duele, te hundes.

Y revientas tu ademán de cumiche
sin que nada prometas al niño
con esperanza de sol,
que no tiene aguijón, como tú.

Más negra no ha de ser,
la compresión infinita;
te decaes porque el alma
de tu joroba volcánica huye
y el aliento tan ígneo y tuyo
es el puñal que visita las collejas
y el débil nervio
de las flores animales,
mi jardín, mis valles, mis cayos.

¡Pero me gusta que seas curro y majo!
y con el sarape de Tlaxcala,
surtido en tí sobre los hombros,
te enaltezcas
como si fueran necesarias dos paraboides
en el Este y el Oeste
de tus cumbres ligeras, libres,
como manos de Céfiro.

9-15-1990



*

Frags. XVII y XVIII

a Juan Ponce de León

¿Quién habitará el canto
e irá, como tú,
a la fuente de las aguas
y hacia su meta melodiosa,
oh, Juventud,
quién se dejará flechar
y, en sobresalto, tendrá su regocijo
según fluye ese dolor desde lo incierto
a la sustancia verdadera?

¿Quién que sepa bifurcarse,
te hallará en La Florida, oh Juventud,
y transformará la voz de siglos
en otra carne, plena y ancha
con ternura y belleza todavía?

Donde se urjan más que palabras
exquisitas, semioscuras, decadentes,
¿hay quien haya sido fulminado como rayo,
alguno que esté herido por la flecha venenosa
y que se sienta joven, o renovándose al fin,
sin maldición y sin lamento?

¿Alguno que pida destrúyase
la tristeza que se encarna
de contínuo, día tras día?...


XVIII.

Quisiera ser, con gracia pajolera,
como Juan Ponce, León de Palencia
cuya espada no tembló jamás ante el taíno.
Un soldado, aventurero, guamikena,
Palo Mayor en cada arboladura de la carne.

Quisiera que, al palmar en el abismo,
la vil muerte, me flechara el nuevo día
con el veneno del gozo inagotable,
oh, la juventud del agua
con mocedades cristalinas.

Es que soy vanidoso como él
y la eterna abundancia de los días
me lava en sus caprichos
y en sueños vigorosos.

Cada uno tiene su modo de pajear.
Yo quiero barba limpia, bien cortada,
el rostro como el suyo, su estatura,
su hidalgo encanto, tan donoso.

¡Te quiero, juventud!
¡Vuelve a mi vida
con gracia y gallardía!

24-9-1979

Del libro inédito
«Lope de Aguirre y los paraísos soñados»



*

El diosito

Crece, diosito mudo.
Agigántate ad infinitum,
payasito del horizonte eventual.
Echale ganas.
Sube como una enredadera trepadora.
Ven por tu Iglesia,
la amada que espera que la tragues,
tu hembra en los puertos, megáspora navegante.

Que venga Tu Venganza, bengalí sin bengalas.
Mándanos redención a los mandalas
porque nos cegó el Segador con hacha de deshonra
sólo porque te amamos, payaso primicial.
E invocamos Tu oscuro nombre de pirata.

Llévanos al rapto.
Restáuranos la visión,
agujerito de carita pintada,
hoyito que estás en los cielos.
Baja a los azoteas,
descubre a los que cuelgan
de los pies y olvidan su cabeza.

Sean las torres Tu reino.
Clávate en ellas, cáenos de nalga,
consuelo de Babel y no perdones el escarnio
de aquellos que nos ultrajan a diario.

Mal rayo los parta, a los que sacan boleto
con nosotros y contra tí,
morungas los pongas. Amén.



*

Me gusta cómo te mueves... (2)

¡Me gusta cómo te mueves,
pajarraco, y cómo engendras
la hipérbola con magnitud dinámica!
La acción de tu amor, así descrita.
¡Cómo giras, me gusta,
con un punto de contacto en mí,
insinuándote a la cochambre de mi calle!

Tú, colocado arriba, esfera;
yo, de tronco, angulado,
sección de tus puños cerrados
cuando abro mis manos de vegetal,
sediento; tú, arriba, paraboloide;
yo abajo, vasija de cucho,
receptiva al estiércol sublime
de tus rotaciones;
tú, en la Constante de Plank,
enojado por el valor mínimo
de las secciones que intersecas;
pero aún feroz, echando madres
de bariogénica energía por los bofes,
metido hasta las trencas en orgasmo;
yo, en curva para esquivar la pena
de que te irás
hacia los mismos confines
por donde llegaste.

Te esperan otros cuerpos celestes.
Tú, en chifla
porque existe la elipse;
yo, cundango,
porque existe la espora
y el virus, la bacteria, líquenes
de bragas azules y verdosas,
y un mar que nos separa
y un cielo arrebolado de piedras
que golpean las espaldas
de mi mundo; en fin, mi geografía
que no te pertenece.

9-15-1990



*

Marco Antonio y Cleopatra
(Receta del suicidio sabroso y perfecto)


Al despertarse en la mañana
(porque ha sudado el luto de la noche),
mire a todos lados —dice Marco Antonio.
Los ojos de Cleopatra
tendrán que ser sus lámparas.
Añore, adivine, busque ese olor
que en la cocina del mar navega
como si anunciara al apetito
el caldo más gustoso,
el plato de la honra.

Desvista a tal deleite
—dice Marco Antonio—.
A la nariz, desposítela
bajo el mismo descanso
que la boca disfruta,
llenándose de pelos.

Sepa que es ella que sale hacia los deltas más ricos en aras
de sus sueños más escondidos e inéditos,
peregrina entre pirámides de la mar.


2.

Cleopatra hierve, condimentada,
con la espesa y sólida carne,
grata de aroma, dulce a los labios.
Sumérjase en el hambre de probarla
—dice Marco Antonio—;
hágasela de desayuno y cena.
No se detenga. Cocínela.
Subviértala en sazón bajo sus costillas
y cíñala al gesto de sus manos, con gusto de canela.

Que aprenda la ternura con que su boca la quiere
y el rigor de la vara que manda en el apremio
—su vientre es femenino y no tiene sequedales
sino traviesas barranqueras
para el cordero que se niega al degüello.

Ella es el gneis, lo más profundo,
gaia que hierve en el plato fecundo de la tierra...
(¡que no se enfríe —dice Marco Antonio—
ni cese su empeño de comerla!)


3.

Encímesele para cortarle a besos todas sus venas
y chupar las leches de sus misterios juveniles.
Que ese guisado exótico se quede consigo
cleopatriándole en su nueva patria de delicia.


4.

Para mi plato se hicieron sus caderas
—dice Marco Antonio—.
Ella es la nalga que salva.
El culo que habría de venir.
La prometida Vulva Celestial.
No hay otro paraíso que dejarse oprimir el vientre,
llenándose epicúreamente de ella y de su ombligo.

El banquete de sus huesos
sobre nuestros hombros, rechupados tobillos,
salados por nuestra boca
y pantorrillas en alto, convertidas en cielos...



5.


Ponga una cucharadita de malicia
a esa fusión de algas y olas,
a esa entrega de maromas marinas.
No es tanto una guerra la que lucha.
No es una venganza.
No es una agresiva avanzada de la adrenalina
para sembrar telarañas en la sangre
y vergüenza en los nervios.

¡Es un regreso a la patria de Cleo,
un consumo, un banquete,
el repartimiento de secretos callados
que la carne tiene y que, con amor, despiertan!
¡Pero no la pierda, dice Marco Antonio:
Cleopatra no aparece de ordinario!
No se le tiene siempre.

Ella no se tienta con el primer baboso que la invoque,
ella no pide la mirada prestada ni se mira en cualquiera.
Los ojos que ella trae, borrachos de ahínco,
tienen ganas de salvarse
de la estúpida obviedad que la circunda.

Son rivales del falso amor
y del diseñado sub-comportamiento
y por eso son dos lámparas quemantes,
y —por eso— son las rutas al suicidio
y a la redención incomprensible.


6.

Cuando Cleopatra ilumine su mañana
y el hambre le torture, con ansias de bocados
apasionadamente nuevos y emergentes,
sedúzcala sobre las alfombras
—dice Marco Antonio—,
en los pasillos de las oficinas,
en los estacionamientos,
en los ascensores o en los parques públicos
del ansia, en la privacidad de las torres
del anhelo que se pinta imposible,
a los cuatro vientos de los mares...
y ésto será delicia en la boca del áspid
y, sin duda, complicidad de amantes,
que han hallado, por fortuna,
la forma más perfecta y sabrosa de matarse.



*


a Juana de Arco, Madre de la Nación


En la fayanca, donde la res y la bestia
se columpian, por inestable posición
de incertudumbre, en el Estado-nación
donde el Bienestar General y el Bien Común
se bambolean como fantasmas en la cuerda floja,
volvió el canto de la Niña de la Hoguera.
Viene a sanear de insectos La Montaña y la Fronda.
Juana / Psique en el Arco Mañanero
va al encuentro de millones de hambrientos
y enfermos en París y en toda aldea.
Los reos le esperan en las Tullerías,
los perseguidos con ella dan sus confesiones.
Y los golpeados, pordioseros de generaciones,
con el alma de Cupido por estrella,
desde el puro cimiento de lo erótico,
agitan bendiciones:
Libertad, por la boca de una campesina,
nos hablaste sobre el derecho natural a poseerte;
pero somos esclavos del suelo en que nacimos
y la soberanía popular está dormida.